Música

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Semanario Galway 2: Dublín y el oro negro irlandés


Muchas cosas distancian a Irlanda de España: el Sol, la lluvia, la gente, las diferentes costumbres, los precios, el idioma, los kilómetros… Cosas que, si hubiese omitido, el texto no habría perdido interés, sino que incluso habría ganado lectores pero, debido a mi holgazanería, no me apetece pensar en otra introducción con más gancho, que para eso esto lo hago gratis.
Como decía, las diferencias son elevadas, y hay que reconocer, que en lo que a vender el producto se refiere, los irlandeses nos llevan años de ventaja.
El producto se llama Guinness y es algo así como una cerveza que tiene muy buena pinta (aquí la gente dice “pint”) aunque cuando llevas bebida la mitad piensas: no está mal pero, si no le hubieran dado tanto bombo, me hubiese pedido una Murphy´s.
A pesar de todo, tuve la suerte de visitar la fábrica el día en que se cumplía su 250 aniversario (bueno, dos días más tarde, pero todavía lo seguían celebrando vaya) y digo lo de suerte porque recurrir a la ironía siempre me ha gustado, pero que me expliquen en cuatro paneles (muy bien iluminados, eso si) el procedimiento de elaboración de la dichosa cervecita y acto seguido mandarte a freír “noodles” (tras la toma gratuita de una de las susodichas, menos mal) podría habérmelo ahorrado con un simple vistazo en wikipedia.
No obstante, no fui el único turista que cayó en la trampa de la fabricación del oro negro irlandés. Junto a mi se encontraban ilusos de todo el mundo que leían y releían los cartelitos explicativos con la desesperada intención de amortizar en la medida de lo posible el elevado precio de la entrada aunque, para mi asombro, al llegar a la última planta de aquel curioso edificio con forma de pinta (¡es que ya es obsesión!), la mayoría de la gente al pedir su cerveza de recompensa, le daba dos sorbos y la abandonaba (¿que hubierais hecho vosotros en esa situación? Pensad en una de las múltiples soluciones).
Con esto no quiero deciros que no vayáis a visitar la Guinness Storehouse, de hecho, hacerlo, que como dice el refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Cambiando de tercio, Dublín es una ciudad que no está mal. Bueno, ni bien ni mal, normal, yo que se, ir y verla, que tampoco os sale tan caro, es que me ponéis en un aprieto que ahora mismo no te se decir... Tal vez los puentes si que son bonitos, y el colorido de los edificios del centro también están bien. De hecho, lo que más me gustó fue Temple Bar, que es la zona de fiesta y está repleta de buenos grupos de música callejeros y de numerosos conciertos nocturnos (alta calidad, lo aseguro). Pero, que yo os cuente todo esto, o que lo busquéis vosotros mismos en una guía es lo mismo, así que, tampoco es necesario que me explaye más, que Dublín en una tarde está visto, como quien dice.
En resumen, el pesimismo que surge de los poros de este texto sin poros no lo es tanto, teniendo en cuenta que si a uno le gusta viajar, siempre le va a parecer interesante conocer nuevos lugares. Además, no creo que lo más interesante de Irlanda sea su capital, sino que lo más interesante es la Guinness, conocida en el mundo entero y publicitada hasta en los baños de este país en el que me encuentro. Y si al final, lo más interesante no es la Guinness da igual, porque ellos han conseguido metértela tanto en la cabeza a través de anuncios y más anuncios, que cuando cualquiera de los turistas (exceptuando tal vez los que visitaron la fabrica) que vuelva a su casa después de sus vacaciones y vaya a un pub irlandes, pedirá una de estas oscuras cervezas y le dirá a su acompañante:
-¿Te acuerdas “cari” de lo diferentes que sabían en Irlanda?
-Es verdad, es que allí no tienen ni punto de comparación.
Y los amigos creerán el mito y acabarán visitando irlanda, y se desengañarán al probar el primer trago pero, como no tendrán valor, seguirán con la misma mentira y así que el mito seguirá existiendo.

Por eso, aprendamos de esta gente y publicitemos el jamón que la verdad es que aquí sabe totalmente diferente, entre otras cosas porque solo lo hay de york.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Semanario Galway: “Introduciéndoos en harina”


Galway, ciudad donde las haya (¿y donde las hay? Se preguntarán ustedes), repleta de estudiantes, pubs irlandeses (obviamente) y lluvia (eso dicen, por que en lo que llevo aquí no he visto apenas una gota).
Suena raro despertarse por la mañana y decir good morning!, en vez de ¡buenos días majo! a alguno de tus compañeros de piso, pero la vida en los países de habla inglesa suele ser así.
A parte de dar los buenos días en inglés, solemos hablarlo todo en ese idioma que inventaron los colegios españoles para ser impartido por profesores ineptos que te llevan al fracaso escolar y que cuando te quieres dar cuenta estas de erasmus en irlanda y no sabes ni pedir un café con churros porque vete tu a saber como se piden unos churros en estos países pero, al final uno termina acostumbrándose y comienza incluso a soñar mitad en español mitad en inglés.
Menos mal que no se les entiende cuando hablan a los galwenses o galweños (da igual, ninguna de ellas es correcta), porque al solo tener una o dos horas de clase al día, tengo tanto tiempo libre que bien puedo usarlo en descifrar su jerga o pensar una estratagema para recuperar el orden y el civismo entre los habitantes de Corrib Village (que al español se traduce como: mi residencia).
Y digo bien acerca de recuperar el orden y el civismo porque, y pese a que no suelo creer en los tópicos, es cierto que los irlandeses sobrios pueden ser simpáticos pero, ebrios y en manada pueden llegar incluso a atacar al hombre. Esto no es mentira y me remito a la pasada noche en la que a eso de las 3 de la madrugada, mis compañeros de piso y yo tuvimos que salir cagando guinnes (que pa’ eso estamos en irlanda) del cuarto porque nuestros vecinos irlandeses de primer curso habían comenzado a quemar su cocina y el humo llegaba hasta nuestra puerta. En fin, ante estas cosas y la pésima manera en la que el personal de seguridad concluyó el asunto, no me queda más que agachar la cabeza, respirar hondo y decir entre dientes: a lo mejor en españa no estamos tan mal. Tal vez a veces somos un poco vándalos pero por lo menos no cobramos 4,20 euros por un pequeño frasco de vinagre de módena.
Y esa es otra, la comida es carísima, tan cara incluso que el otro día pedí un café con una magdalena en la universidad, y tuve que llamar a mis padres para que avalaran una hipoteca con la que pudiera sufragar los gastos de aquel “breakfast”.
En fin, esto no es más que una absurda presentación de lo que espero sea mi diario/semanario/escribo si tengo algo interesante que contar, así que, como comenzará en breve, os propongo hacerlo más interactivo y que me hagáis preguntas con respecto a la vida en irlanda, qué os gustaría que apareciera en la siguiente entrega, o si pensáis que todo lo que cuento es mentira. También admito sugerencias e incluso críticas (constructivas, eso si) y así, con vuestra ayuda, conseguir ser el blog más visitado y más comentado de la historia de los blogs (jeje bueno, con esto quiero decir que entreis, que se agradece, que ahora no solo voy a publicar solo relatos, sino también vivencias (pero vividas o no, eso ya es otra cosa)
Así que, después de esto, solo me queda despedir esta presentación y esperar a que estéis en vuestras casas deseosos de encontraros con nueva e irrelevante información, y así de paso darme el gusto de encender cada mañana el ordenador y ver La Involución del Mono repleta de visitas y comentarios (que no os cuesta nada, y uno lo agradece mucho oye)

Un saludo a todos los que seguís este blog, que rondáis el millón y medio de personas (o no).

martes, 11 de agosto de 2009

La tele de plasma


Ejem.- Remigio despierta cada mañana a su perro con un masaje en el lomo. No son caricias las que hacen que Rayo despierte al vecindario con un ladrido, son masajes de verdad. Remigio era fisioterapeuta y cree que la salud de su perro, se mantendrá indemne con unos precisos y diarios golpes de mano.
Después de la sesión de fricciones, toca baño. Cuando comienza el día y los músculos del cánido están preparados para afrontar una nueva jornada, Remigio, que es un fanático de la higiene, frota el pelaje de Rayo a base de esponja y jabón (dermatológicamente probado), culminando el proceso con varios remojos en agua fría y caliente ya que, como muy bien sabe Remigio, ayudan a la circulación.
No son precisamente maratones lo que Rayo practica cuando sale de paseo. Este, tras ingerir un opulento desayuno a base de tortitas y zumo de arándanos, exhibe su masajeado y limpio cuerpo de perro por la calle principal del pueblo.
Su amo, orgulloso del aspecto de la mascota, eleva el mentón en señal de superioridad, guiando al chucho en un desfile majestuoso a través de paisanos atónitos, tractores y animales de clase inferior, o por lo menos, peor cuidados.
La perfección a la que parecen acercarse estos dos seres, disienta mucho de la realidad de sus vidas. Una fachada limpia es lo único que pueden exponer ante los ojos de sus convecinos. El pasado no perdona y las fechorías cometidas por el dúo metrosexual humano-perro no son olvidadas por los parroquianos de San Celemín.
-Vale, me gusta.
- Pero… ¡si no he acabado de leerle mi resumen!
- Ya, bueno, pero hay personajes extravagantes, algo de intriga… esta bien. Creo que será un gran éxito en taquilla.
El guionista afortunado no comprendía la filosofía de Hollywood. Sus guiones carecían de argumento y aún así, conseguían ser llevados a la gran pantalla.
Harto de no sentirse satisfecho con sus propuestas (por mucho dinero que le produjesen), había comenzado a beber y a coquetear con las drogas. Su mujer no lo comprendía. “Mucho trabajo y éxito pero, mis obras están vacías, ¿sabe? No soy el Capote que soñaba ser. “
No esperaría a que le ingresaran el dinero que había ganado con su basura literaria. Pisó fuerte el acelerador de su deportivo y enfiló la carretera dispuesto a desintegrarse contra lo primero que se cruzara en su camino.
De repente, comenzó a sonar el móvil. Rápido y paradójicamente cauto, encendió el manos libres:
- ¿Si?-
-Le llamo por lo de la televisión de plasma de 57 pulgadas, HD, conexión a Internet incorporada, visión panorámica, etc. etc. que había encargado. La estamos llevando para su casa. -
-Emm… muchas gracias, voy para allá-

El guionista afortunado apagó el manos libres y aminoró su marcha. Pese a que nunca sería estudiado por los filólogos, elevaría el mentón en señal de superioridad y conduciría su coche en un majestuoso desfile por las calles de la ciudad.
Ahora solo tenía una imagen en su mente: la tele de plasma.

jueves, 23 de julio de 2009

"Jo" qué día


Me despierto entre una maraña de sábanas arrugadas.
El calor estival me repugna. Más que en Madrid parece que vivo en el Congo.
Entre sudores desperezo mis agarrotados músculos con una danza parecida al crepitar de las llamas de una hoguera de campamento, o mejor dicho, a un ataque epiléptico provocado por el puto despertador.
¿La 08:00? ¿Qué horas son estas? ¿Estoy de vacaciones y me levanto a las 8:00? Me doy asco. No soy lo suficientemente decidido para buscar un trabajo ni lo suficientemente trabajador para aprobar todo en junio, por eso mis pies se ponen en el suelo en señal de derrota. He de ir a estudiar.
El mismo ritual de siempre. El espejo muestra una cara de agotamiento matutina muy propia de mi. Entro en la ducha y decido hacer caso omiso a la única parte del cuerpo que es capaz de despertarse a la hora sin necesidad de alarma. El agua cae sobre mi alborotado pelo y pronto me cubre por completo como si de una segunda piel se tratara. Todos los días la misma mierda.


Enciendo la radio mientras desayuno (no me apetece volver a ver los capítulos repetidos de ‘El Principe de Bel Air)’ y para colmo, cuatro tertulianos me dan los buenos días con una “ligera” explicación sobre la crisis económica. Genial, Buenos días a vosotros también, majetes.
Me gusta desayunar café con leche y un par de magdalenas. Es sencillo de preparar (ya que las magdalenas están hechas y el café es de sobre), por eso me gusta, si no, probablemente ni desayunaría.
Ahora viene el momento de salir a la calle con los diente limpios y una esperanzadora visión del mundo que hoy afrontaremos, por eso decido plasmarlo en un papel, para enseñaros a todos mi original historia.

La biblioteca está atestada de gente, supongo que muchos como yo, que dignifican sus jornadas vacacionales con apuntes fotocopiados de un colega que a su vez se los dejo a otro colega que dice que el primero sacó muy buenas notas con ellos y que vienen muy bien resumidos. Seguro.

Allí, en ese “antro de dignificación y hombres de provecho” me encuentro con unos amigos que, supongo no habrán analizado tan a fondo su miserable existencia estudiantil a la hora del desayuno y por eso habrán tardado menos en llegar. Me guardan un sitio cerca de una ventana, pero da igual, no hay aire acondicionado y, pese a que Madrid no sea una ciudad costera y que el tipo de clima que aquí se estila es el glaciar, el calor se cuela por el hueco de la ventana para convertir mis apuntes de Hacienda Pública en una tortura peor que las que pueda realizar en Guantánamo nuestro querido Imperio.

Miro el reloj, solo han pasado veinte minutos desde que llegué a la biblioteca y ya me estoy deshaciendo por dentro. Debí haber “evacuado” cuando tuve ocasión en casa. Ahora es demasiado tarde.
Las horas aquí son un infierno, me siento como un soldado de Napoleón pasando su “mejor invierno” en un campo de batalla y escribiendo una carta a un ser querido.

El tiempo de descanso dejó paso a otro par de horas más de estudio, aderezadas con el calor procedente de la calle y las interminables hojas que explicaban la mejor manera de recaudar impuestos para la Administración Pública del Estado. La mejor manera, señores catedráticos, presidentes del gobierno, ministros de vuestros asuntos y demás interesados en la materia, es la que la mafia italiana ha llevado ha cabo durante años en los territorios de Calabría. Esa si que es una buena manera de llenar las arcas públicas y no la de hacernos rellenar todos los años la declaración de la renta.
Mi imaginación ya había descendido los cerros de Úbeda, alunizado en la luna de Valencia y surcado los mares de la Inopia (si es que la inopia tiene mar) para llegar a un nuevo estado de abstracción que solo yo conozco. Así, cuando aterricé de nuevo en mi asiento y miré el reloj, una grata sorpresa inundó mi alma: ya era la hora de irse. ¡Se acabó la jornada estudiantil! Vítores de júbilo por el dios del derecho se apoderaron de mi y si hubiera estado algo menos loco que Calígula, habría saltado entre las mesas de los demás afanosos “trabajadores del seso” para anunciarles la buena nueva. No lo hice.
Ahora comprendo lo que dicen los padres y las madres de todo el mundo cuando sus descendientes se quejan por algo: la vida es dura hijo (y lo cierto es, que qué sabré yo de vidas duras).

Después de comer volvemos al estudio, pero ya no interesa seguir contándolo, por lo que repaso el texto y me echo a llorar.
Al rato me digo que peor sería trabajar en la mina, así que sorbo las lágrimas y calmo mi llanto.
¿A quién le importa todo esto? Es algo tan corriente que debería ser borrado.
De repente me doy cuenta que el papel en el que escrito la historia no existe y que, lo que pensaba estar leyendo era la voz en off de lo que supongo, sea la historia de mi creador.

- ¡Yo no pedí nacer para vivir esta vida! ¡Soy un personaje de ficción, maaacho! ¡Podrías haber hecho que mi vida fuera extraordinaria, y sin embargo me haces estudiar todo el día!
- Vale que estamos en época de crisis, pero tío, dicen que en estos tiempos es cuando se agudiza el ingenio… ¡muy mal eh!

Así que el personaje bajo el dedo que hasta hace un instante apuntaba al cielo, recogió su mochila con apuntes y siguió andando cabizbajo.

En ese mismo instante, el escritor se levantó sigilosamente de la silla, recogió sus cosas y cerró la puerta. Tal vez escribir no fuese lo suyo y aquella interacción con su obra fue la manera de demostrárselo. El caso es que dejó su cuaderno por un tiempo y se fue a estudiar. Mientras miraba al cielo de camino a la biblioteca pensaba:- Anda que, yo tampoco pedí nacer para carecer de ingenio… pero, mejor me callo…

miércoles, 27 de mayo de 2009

La Rusa



Nunca supe pedir “un café por favor” en ruso, ni tampoco supe sonreír a los niños por la calle pero, de lo que siempre fui capaz, fue de regresar cada noche hasta casa.
Cuando el reloj marcaba las 23:00 h, mis pies accionaban un piloto automático que me hacía coger la dirección correcta hasta el piso que nos vio dormir juntos tantas noches.
Al llegar allí, tú solías estar viendo estar viendo la tele y yo, me acercaba y te abrazaba mientras besaba tus labios en señal de total complicidad.
En menos de cinco minutos, el programa que lo era todo hasta las 23:00 h, se convertía en la banda sonora de una danza cardiaca en la que, hasta el más puritano hubiera disfrutado con la imagen. Había pantalones en el suelo, móviles sonando, miradas de “estoy muy caliente”, arañazos, movimientos pecaminosos y gemidos.
Cuando todo terminaba, tú te ponías mi camisa sin nada debajo porque decías (en un mal castellano) que eso lo hacían en las películas. Yo sonreía y fumaba mientras te observaba.

Ahora que ya no estarás más en mi casa, que ya no vestirás más mis camisas grandes a veces, que ya no se oirán gemidos y la tele de fondo, me pregunto porque no habré aprendido a pedir “un café, por favor” en ruso, ni habré intentado sonreír a los niños por la calle.

Ahora, mientras mi cartera cae desde la mano al suelo y mis ojos se abren tanto más de lo que pensaba que podían, me pregunto porqué no lo hice.

Ahora, mientras usas nuestro sofá para gemir con otro, me pregunto porque no nos acostumbramos a hacerlo en la cama y así no te abría pillado “in fraganti” en el salón.

Ahora ya no necesito saber ruso ni sonreír a los mocosos para darte ese gusto, porque ya no abrazo tu cuerpo ni miro tus ojos. Solo me queda respirar hondo y montarte un número delante de tu amigo, ese que ahora te prestará sus camisas como en las pelis.

Ahora comienza el desenlace y con él, el fin de nuestra historia:

- ¡SERÁS PUTA!

- Puedo explicártelo…


Son las 22:45 h. Hoy llegué más pronto.

martes, 28 de abril de 2009

La recomendación del chef


-La recomendación del chef son alitas de pollo. Puede fiarse de su criterio o, de lo contrario fiarse del mío.-
-¿Y el suyo es…?-
El camarero miró hacia los lados y después inclinó la cabeza.
- Váyase de aquí. No tome nada. Las alitas están secas y las bebidas calientes. No se lo piense y acérquese al restaurante de enfrente. Ese si que tiene calidad y no basura como la que ofrecemos nosotros.-
- Ehh mire, ni su criterio ni el del cocinero. Póngame un sándwich mixto y una cerveza. Tengo prisa y necesito comer cuanto antes.-
Entonces el camarero cargó su puño y se propinó un golpe en la nariz.
- ¡Hijo de puta! Estoy sangrando…-
- ¡Yo, yo no he hecho nada! ¡Se pegó él solo!-
Entonces, cuando vi que la gente salía de la cocina, dispuesta a defender a su compañero de trabajo, decidí huir de aquel lugar.

En la calle había un puesto de perritos calientes (algo muy inusual en esta ciudad, se lo aseguro) y el hombre que los vendía sangraba por la nariz, al igual que lo hacía el camarero que se autolesionó.
Estaba a dos calles del lugar del suceso o eso creía. Al mirar el escaparate de un restaurante, caí en la cuenta de que era exactamente igual que el de la huída.

Perdonen que haya omitido esto antes pero, tenía que entregar mi proyecto de fin de carrera y ese era el motivo de las prisas. Ese era el motivo por el que no me importaba tomarme un sándwich reseco y una caña mal tirada. Lo peor de todo es que, al tener que salir corriendo de aquel lugar, olvidé dentro la carpeta con todo mi trabajo.
Tras una larga carrera, misteriosamente había vuelto al escenario del “crimen”. Había dado la vuelta a la manzana y de nuevo estaba allí, pero ahora, el vendedor de perritos calientes (que ya no sangraba) me hizo un gesto con la mirada como para que volviese a entrar a aquel local.
Entré en el local, claro está. Sino, que mierda de historia os estaría contando… Bueno, en realidad no entre. Entre en el de enfrente, ese que me recomendó el camarero loco. Acto seguido, os expondré el dialogo que mantuve dentro, en un presente de indicativo de lo más riguroso:

- Perdone, necesito ayuda-
- ¿Y en que podemos ayudarle? Antes de nada, le recomiendo que pruebe nuestras pechugas de pollo, están deliciosas-
-¿Qué pasa, que en esta calle solo ofertan pollo como plato especial?-
-No señor, tenemos de todo pero, nuestro competidor más directo, es decir, el bar de enfrente, hace unas alitas excelentes y, pensamos que la mejor manera de hacerles competencia sería ofertando un producto que proceda del mismo animal-
- Mire, precisamente, fue un camarero de su competencia el que me recomendó que viniese aquí pero, como dije que no, decidió pegarse un puñetazo para inculparme a mi de aquello. No entiendo nada y, lo peor de todo es que necesito volver a entrar allí para recoger unas cosas que olvidé en mi mesa. ¿Cree que correría peligro?-
-Tome, su cartera.-
- Pero, si estaba en el otro bar-

Cogí la cartera y no pregunté más. Salí de allí sin darle la espalda al camarero que, en aquel mismo instante empezó a sangrar por la nariz.

El marco era perfecto para dar cabida a una película de terror o un thriller psicológico pero, tras volver a mirar la cara del hombre que vendía perritos calientes en la calle, me di cuenta que en ninguno de los dos locales había gente. Tampoco la gente compraba comida rápida en el puesto de aquel tipo. Las calles estaban vacías.
Entonces, llegué a la conclusión de que, al no haber dejado nada de dinero en ninguno de aquellos establecimientos, estaba ayudando a que ninguno de ellos saliera adelante, a que ninguno de ellos emergiera de la gran crisis económica en la que, sin quererlo se habían visto sumergidos. Estaba ayudando, en resumidas cuentas, al estancamiento de las pequeñas empresas y yo, que no había sufrido para nada esa recesión económica, no podía entender que al sangrar la nariz de uno de ellos, sin quererlo, sangrara la de todos.
Por eso, amigos míos, es el momento de salir a la calle y gastar. Gasten!!

(Relato subvencionado por el Ministerio de Economía, o no)

martes, 31 de marzo de 2009

¡Muerte al poeta!


El poeta dijo que no volvería a hablar de amor. Cerró su cuaderno con violencia y abrió una cerveza.
Estaba harto de aquella poesía convencional a la que había dedicado la mayor parte de su tiempo. Decidió en aquel mismo momento que ya no le interesaba.
¡Qué coño ni que poeta! Poeta es una palabra manida por el mundo de los artistas sin arte y de los bohemios con alardes. Odia esa palabra.
Leer un libro que hable de un poeta le produce nauseas. Está tan jodídamente usado ese término que no encuentra originalidad en los textos que lo contienen.
Tiene miedo de haber perdido el tiempo rellenando aquellas estúpidas cuartillas. Todos los sentimientos expresados en sus cuadernos no son ni siquiera verdaderos. Son embellecedores, como los de los automóviles. Su única misión es abrir la puerta hacia un nuevo lugar, ya sea el interior de un coche o el interior de una mujer que se deje seducir por su bonito diseño (en este caso, entendamos diseño como retórica).
No bebe su cerveza con el objetivo de ahogar las penas en alcohol. La bebe porque le agrada su sabor amargo.
–Ahogar mis penas en alcohol, y encima esperar de ese acto alguna solución a mi poca creatividad. Está demasiado visto-.
Se dice a si mismo que odia a los bohemios.

Enciende un cigarrillo, no porque crea que inhalar el humo del tabaco le haga parecer más interesante, sino porque es adicto a la nicotina. Le gustaría dejarlo solo por el hecho de acabar con ese absurdo tópico.

Se está volviendo loco. Ansía sentir lo que pone es sus versos pero no puede. No puede ni volver a abrir el cuaderno de poesía porque hace un momento decidió que ya no le interesaba.

Anda por la calle encogido de frío. Mira a la gente pasar. Los mira fijamente a los ojos. No sabe el por qué de su actitud pero le divierte. Intenta descubrir que se esconde tras esas mentes abrigadas hasta los ojos.

De repente encuentra un billete de 50 euros, lo pisa, hace el gesto de abrocharse los cordones de las zapatillas y lo recoge.
Mira a la gente de nuevo mientras acelera sus pasos. Se ha olvidado de la poesía. Ha encontrado la felicidad material en la calle y eso le reconforta.

FIN

-¿A donde quieres llegar a parar con esto?- Pregunta la profesora de literatura a Felipe.

-Creo que he encontrado la belleza en un billete de papel y, no hay mayor poesía que su tacto en mis manos.-

-¿Crees que te aprobaré si sigues entregando esta mierda de redacciones?-

- Creo demasiado poco en su asignatura como para creer en sus aprobados-

- ¡Fuera de clase!-

El pasado oprime su pecho de repente, como si de una prensa se tratase. Una prensa como la que le gustaría que se usara para fabricar, algún día, millones de obras suyas.

Vuelve a mirar el billete, esta vez tras una esquina, cobijado por si apareciera su dueño.
En un segundo plano, sigue recordando su primera expulsión del aula, sin llegar a ninguna conclusión. Ahora ya no importa demasiado aquella rebeldía juvenil. Ahora solo importa el dinero y la poesía.
Vuelve a enamorarse de los versos y reitera su amor por el dinero una y otra vez. El endecasílabo que una vez consiguió convertirse en premio, le recuerda que, poesía, llevada al plano de concurso literario, puede ser igual a dinero, por eso la ama, porque es su única manera de materializar un arte tan inservible en algo tan útil.
Odia la poesía más que nada en el mundo y, mientras lo hace, vuelve a escribir en su cuaderno versos y versos repletos de enemistad hacía el soporte que lo devuelve a la vida, que le hace regresar al mundo de lo abstracto, que le apea a medio camino entre el agrio sabor de la reflexión y el arduo reflejo de la frustración.

-Amor y odio se entrecruzan en mi camino. Soy un idiota. Esto es lo que he sacado de provecho en una tarde. He bebido cuatro cafés, fumado innumerables cigarros y esta mierda es la que he sacado en claro. Decididamente dejo la escritura. Probaré con otra cosa, no se, tal vez la caligrafía, ya que carezco de creatividad, por lo menos que mi letra sea bonita.-

El poeta dijo que no volvería a hablar de amor. Cerró su cuaderno con violencia y abrió una cerveza. Actuó como si aquella tarde no hubiese existido y quemó el folio en el que había escrito semejantes tonterías.
Paga la cuenta de los cafés e intenta distinguir entre realidad y ficción. Observa que ambas, cuando proceden de él mismo, carecen de interés.
Termina la cerveza de un trago. Corre hasta su casa. Llena la bañera hasta arriba. Saca una cuchilla de afeitar. Se mete desnudo en el agua caliente con el arma de la mano y, cuando concede al narrador una oportunidad para salvar el texto con una muerte, algo bastante más interesante que resto de la historia, lo mira desde su posición de personaje principal y, con una sonrisa maligna, comienza a afeitarse dentro de la ducha.
Entonces es el narrador el que deja de escribir y cierra el cuaderno y abre una cerveza y tira todo por la borda y se cabrea y piensa en que la historia no vale para nada y se va a clase para sentir que por lo menos, ha hecho algo de provecho.