Música

miércoles 27 de mayo de 2009

La Rusa



Nunca supe pedir “un café por favor” en ruso, ni tampoco supe sonreír a los niños por la calle pero, de lo que siempre fui capaz, fue de regresar cada noche hasta casa.
Cuando el reloj marcaba las 23:00 h, mis pies accionaban un piloto automático que me hacía coger la dirección correcta hasta el piso que nos vio dormir juntos tantas noches.
Al llegar allí, tú solías estar viendo estar viendo la tele y yo, me acercaba y te abrazaba mientras besaba tus labios en señal de total complicidad.
En menos de cinco minutos, el programa que lo era todo hasta las 23:00 h, se convertía en la banda sonora de una danza cardiaca en la que, hasta el más puritano hubiera disfrutado con la imagen. Había pantalones en el suelo, móviles sonando, miradas de “estoy muy caliente”, arañazos, movimientos pecaminosos y gemidos.
Cuando todo terminaba, tú te ponías mi camisa sin nada debajo porque decías (en un mal castellano) que eso lo hacían en las películas. Yo sonreía y fumaba mientras te observaba.

Ahora que ya no estarás más en mi casa, que ya no vestirás más mis camisas grandes a veces, que ya no se oirán gemidos y la tele de fondo, me pregunto porque no habré aprendido a pedir “un café, por favor” en ruso, ni habré intentado sonreír a los niños por la calle.

Ahora, mientras mi cartera cae desde la mano al suelo y mis ojos se abren tanto más de lo que pensaba que podían, me pregunto porqué no lo hice.

Ahora, mientras usas nuestro sofá para gemir con otro, me pregunto porque no nos acostumbramos a hacerlo en la cama y así no te abría pillado “in fraganti” en el salón.

Ahora ya no necesito saber ruso ni sonreír a los mocosos para darte ese gusto, porque ya no abrazo tu cuerpo ni miro tus ojos. Solo me queda respirar hondo y montarte un número delante de tu amigo, ese que ahora te prestará sus camisas como en las pelis.

Ahora comienza el desenlace y con él, el fin de nuestra historia:

- ¡SERÁS PUTA!

- Puedo explicártelo…


Son las 22:45 h. Hoy llegué más pronto.

martes 28 de abril de 2009

La recomendación del chef


-La recomendación del chef son alitas de pollo. Puede fiarse de su criterio o, de lo contrario fiarse del mío.-
-¿Y el suyo es…?-
El camarero miró hacia los lados y después inclinó la cabeza.
- Váyase de aquí. No tome nada. Las alitas están secas y las bebidas calientes. No se lo piense y acérquese al restaurante de enfrente. Ese si que tiene calidad y no basura como la que ofrecemos nosotros.-
- Ehh mire, ni su criterio ni el del cocinero. Póngame un sándwich mixto y una cerveza. Tengo prisa y necesito comer cuanto antes.-
Entonces el camarero cargó su puño y se propinó un golpe en la nariz.
- ¡Hijo de puta! Estoy sangrando…-
- ¡Yo, yo no he hecho nada! ¡Se pegó él solo!-
Entonces, cuando vi que la gente salía de la cocina, dispuesta a defender a su compañero de trabajo, decidí huir de aquel lugar.

En la calle había un puesto de perritos calientes (algo muy inusual en esta ciudad, se lo aseguro) y el hombre que los vendía sangraba por la nariz, al igual que lo hacía el camarero que se autolesionó.
Estaba a dos calles del lugar del suceso o eso creía. Al mirar el escaparate de un restaurante, caí en la cuenta de que era exactamente igual que el de la huída.

Perdonen que haya omitido esto antes pero, tenía que entregar mi proyecto de fin de carrera y ese era el motivo de las prisas. Ese era el motivo por el que no me importaba tomarme un sándwich reseco y una caña mal tirada. Lo peor de todo es que, al tener que salir corriendo de aquel lugar, olvidé dentro la carpeta con todo mi trabajo.
Tras una larga carrera, misteriosamente había vuelto al escenario del “crimen”. Había dado la vuelta a la manzana y de nuevo estaba allí, pero ahora, el vendedor de perritos calientes (que ya no sangraba) me hizo un gesto con la mirada como para que volviese a entrar a aquel local.
Entré en el local, claro está. Sino, que mierda de historia os estaría contando… Bueno, en realidad no entre. Entre en el de enfrente, ese que me recomendó el camarero loco. Acto seguido, os expondré el dialogo que mantuve dentro, en un presente de indicativo de lo más riguroso:

- Perdone, necesito ayuda-
- ¿Y en que podemos ayudarle? Antes de nada, le recomiendo que pruebe nuestras pechugas de pollo, están deliciosas-
-¿Qué pasa, que en esta calle solo ofertan pollo como plato especial?-
-No señor, tenemos de todo pero, nuestro competidor más directo, es decir, el bar de enfrente, hace unas alitas excelentes y, pensamos que la mejor manera de hacerles competencia sería ofertando un producto que proceda del mismo animal-
- Mire, precisamente, fue un camarero de su competencia el que me recomendó que viniese aquí pero, como dije que no, decidió pegarse un puñetazo para inculparme a mi de aquello. No entiendo nada y, lo peor de todo es que necesito volver a entrar allí para recoger unas cosas que olvidé en mi mesa. ¿Cree que correría peligro?-
-Tome, su cartera.-
- Pero, si estaba en el otro bar-

Cogí la cartera y no pregunté más. Salí de allí sin darle la espalda al camarero que, en aquel mismo instante empezó a sangrar por la nariz.

El marco era perfecto para dar cabida a una película de terror o un thriller psicológico pero, tras volver a mirar la cara del hombre que vendía perritos calientes en la calle, me di cuenta que en ninguno de los dos locales había gente. Tampoco la gente compraba comida rápida en el puesto de aquel tipo. Las calles estaban vacías.
Entonces, llegué a la conclusión de que, al no haber dejado nada de dinero en ninguno de aquellos establecimientos, estaba ayudando a que ninguno de ellos saliera adelante, a que ninguno de ellos emergiera de la gran crisis económica en la que, sin quererlo se habían visto sumergidos. Estaba ayudando, en resumidas cuentas, al estancamiento de las pequeñas empresas y yo, que no había sufrido para nada esa recesión económica, no podía entender que al sangrar la nariz de uno de ellos, sin quererlo, sangrara la de todos.
Por eso, amigos míos, es el momento de salir a la calle y gastar. Gasten!!

(Relato subvencionado por el Ministerio de Economía, o no)

martes 31 de marzo de 2009

¡Muerte al poeta!


El poeta dijo que no volvería a hablar de amor. Cerró su cuaderno con violencia y abrió una cerveza.
Estaba harto de aquella poesía convencional a la que había dedicado la mayor parte de su tiempo. Decidió en aquel mismo momento que ya no le interesaba.
¡Qué coño ni que poeta! Poeta es una palabra manida por el mundo de los artistas sin arte y de los bohemios con alardes. Odia esa palabra.
Leer un libro que hable de un poeta le produce nauseas. Está tan jodídamente usado ese término que no encuentra originalidad en los textos que lo contienen.
Tiene miedo de haber perdido el tiempo rellenando aquellas estúpidas cuartillas. Todos los sentimientos expresados en sus cuadernos no son ni siquiera verdaderos. Son embellecedores, como los de los automóviles. Su única misión es abrir la puerta hacia un nuevo lugar, ya sea el interior de un coche o el interior de una mujer que se deje seducir por su bonito diseño (en este caso, entendamos diseño como retórica).
No bebe su cerveza con el objetivo de ahogar las penas en alcohol. La bebe porque le agrada su sabor amargo.
–Ahogar mis penas en alcohol, y encima esperar de ese acto alguna solución a mi poca creatividad. Está demasiado visto-.
Se dice a si mismo que odia a los bohemios.

Enciende un cigarrillo, no porque crea que inhalar el humo del tabaco le haga parecer más interesante, sino porque es adicto a la nicotina. Le gustaría dejarlo solo por el hecho de acabar con ese absurdo tópico.

Se está volviendo loco. Ansía sentir lo que pone es sus versos pero no puede. No puede ni volver a abrir el cuaderno de poesía porque hace un momento decidió que ya no le interesaba.

Anda por la calle encogido de frío. Mira a la gente pasar. Los mira fijamente a los ojos. No sabe el por qué de su actitud pero le divierte. Intenta descubrir que se esconde tras esas mentes abrigadas hasta los ojos.

De repente encuentra un billete de 50 euros, lo pisa, hace el gesto de abrocharse los cordones de las zapatillas y lo recoge.
Mira a la gente de nuevo mientras acelera sus pasos. Se ha olvidado de la poesía. Ha encontrado la felicidad material en la calle y eso le reconforta.

FIN

-¿A donde quieres llegar a parar con esto?- Pregunta la profesora de literatura a Felipe.

-Creo que he encontrado la belleza en un billete de papel y, no hay mayor poesía que su tacto en mis manos.-

-¿Crees que te aprobaré si sigues entregando esta mierda de redacciones?-

- Creo demasiado poco en su asignatura como para creer en sus aprobados-

- ¡Fuera de clase!-

El pasado oprime su pecho de repente, como si de una prensa se tratase. Una prensa como la que le gustaría que se usara para fabricar, algún día, millones de obras suyas.

Vuelve a mirar el billete, esta vez tras una esquina, cobijado por si apareciera su dueño.
En un segundo plano, sigue recordando su primera expulsión del aula, sin llegar a ninguna conclusión. Ahora ya no importa demasiado aquella rebeldía juvenil. Ahora solo importa el dinero y la poesía.
Vuelve a enamorarse de los versos y reitera su amor por el dinero una y otra vez. El endecasílabo que una vez consiguió convertirse en premio, le recuerda que, poesía, llevada al plano de concurso literario, puede ser igual a dinero, por eso la ama, porque es su única manera de materializar un arte tan inservible en algo tan útil.
Odia la poesía más que nada en el mundo y, mientras lo hace, vuelve a escribir en su cuaderno versos y versos repletos de enemistad hacía el soporte que lo devuelve a la vida, que le hace regresar al mundo de lo abstracto, que le apea a medio camino entre el agrio sabor de la reflexión y el arduo reflejo de la frustración.

-Amor y odio se entrecruzan en mi camino. Soy un idiota. Esto es lo que he sacado de provecho en una tarde. He bebido cuatro cafés, fumado innumerables cigarros y esta mierda es la que he sacado en claro. Decididamente dejo la escritura. Probaré con otra cosa, no se, tal vez la caligrafía, ya que carezco de creatividad, por lo menos que mi letra sea bonita.-

El poeta dijo que no volvería a hablar de amor. Cerró su cuaderno con violencia y abrió una cerveza. Actuó como si aquella tarde no hubiese existido y quemó el folio en el que había escrito semejantes tonterías.
Paga la cuenta de los cafés e intenta distinguir entre realidad y ficción. Observa que ambas, cuando proceden de él mismo, carecen de interés.
Termina la cerveza de un trago. Corre hasta su casa. Llena la bañera hasta arriba. Saca una cuchilla de afeitar. Se mete desnudo en el agua caliente con el arma de la mano y, cuando concede al narrador una oportunidad para salvar el texto con una muerte, algo bastante más interesante que resto de la historia, lo mira desde su posición de personaje principal y, con una sonrisa maligna, comienza a afeitarse dentro de la ducha.
Entonces es el narrador el que deja de escribir y cierra el cuaderno y abre una cerveza y tira todo por la borda y se cabrea y piensa en que la historia no vale para nada y se va a clase para sentir que por lo menos, ha hecho algo de provecho.

lunes 23 de marzo de 2009

El café de las delicias


Rememorando unas palabras de Goethe: “Si quieres conocer a alguien, debes ir a su casa”.
No es por ser del todo “maniqueísta” pero, la vida puede ser bonita y puede ser fea. También puede ser interesante y aburrida. No olvidemos que puede carecer de acción y puede ser del todo activa.
Ahora, cuando reviso mi cuaderno de notas, “denoto” cierta vacuidad en todas mis “anotaciones”. Páginas y páginas repletas de pensamientos sin “chicha”, una buena manera de rellenar celulosa para luego, leerla tiempo después y demostrarme que, aunque el maniqueísmo forme parte de mi punto de vista (algo característico de una personalidad débil), encuentro interesante esa manera de no dogmatizar ninguna opinión, por muy propias que sean.
Respecto al asunto de los cuadernos, creo necesaria la imperiosa actividad creativa que nos asiste a todos los que formamos parte del gremio del maniqueo vital.
Escribir y escribir, pensar y pensar sin un objetivo aparente. El fruto de la indecisión es esa dicotomía, la propia indecisión, la purga de reflexiones vacías con ánimo de creatividad frustrada.
-Ernest Bluesky, su café-
Me encanta dar nombres falsos cuando voy al Starbucks, es divertido llamarse Ernest, Arquímedes o El castigador, por un momento. Es una actividad que ya está más que instaurada en estos establecimientos. La gente crea un pseudónimo para que, al recoger su pedido, se sienta por un momento el centro de atención.
Agarro el vaso y vuelvo a mi asiento. Doy un sorbo del brebaje “cafeínico” y coloco mis dedos en la posición de: meñique en la letra A, anular en la S, etc., hasta terminar con el otro meñique en la Ñ.
No comprendo por qué venimos a este lugar a escribir, más bien creo que venimos a exhibir nuestros portátiles Mac y a integrarnos dentro de esta familia de mamíferos que ha cambiado su pluma por una computadora con mucha clase.
Ahora entiendo. A mi alrededor hay 7 personas que como yo, beben café y miran atentos sus pantallas. La creatividad es un café más caro de lo normal y un teclado más plano de lo habitual.
No conozco a ningún escritor que haya cursado clases en la facultad del absurdo empaque y luego haya vendido novelas que rezumen creatividad. No conozco la razón por la que dejé de lado mi mesa de escritorio con mi café casero, para trasladarme a este antro de perversión estilosa. Aquí no hay más que buenos asientos y sentimientos de superioridad. Me gusta.
Creo que Goethe tenía razón hasta cierto punto y creo, que venir a esta cafetería es algo más interesante que visitar la casa de todos estos pobres desdichados (entre los que me incluyo).
Creo que no estoy seguro de creer algo con seguridad, por eso, cuando el camarero me entregó mi café, le respondí absurdamente que en realidad no me llamo Ernest Bluesky, sino otro nombre, y es cierto, ni siquiera fui capaz de decirle mi nombre de pila porque, ni siquiera creo que esa sea la palabra con la que me sienta más identificado cuando alguien me nombra.
Ni siquiera estoy seguro de que Goethe dijera esas palabras y de que las mismas guarden relación con todo lo que escribo mientras que me tomo mi café Starbucks.
¡Ni siquiera traje dinero para pagar la cuenta!
Apago el portátil y lo meto en la bolsa. Doy el último sorbo y empiezo a sudar frías gotas. Bajo las escaleras y me acerco a la puerta con un disimulo tan falso que solo le falta silbidos. En el momento que agarro el pomo, dispuesto a dejar la cuenta pendiente, una mano me toca el hombro. Se me erizan los pelos de la espalda.
-Señor Buesky, se olvida su café-Dice agarrando el vaso.
Es guapa y sabe que no pagué. Hace un gesto con la mano que me dice: “no te preocupes, invito yo”.
Salgo a la calle. Una cámara graba un picado que va girando velozmente, otorgando a la escena una seña de locura.
En vez de agradecerla el pago de mi deuda, sonrío tímidamente y salgo disparado calle arriba. La muchedumbre que inunda la ciudad hacen de barricada pero, mi fiadora consigue alcanzarme y me invita a su casa. No tengo la necesidad de conocerla pero, aun así voy.
Llegamos.Cuando creo que vamos a acostarnos y devolverle de una manera carnal la deuda del café, ella me enseña una foto de su hija muerta y me acuchilla sin pudor alguno. Sangro por dentro pero no tengo heridas externas. La cámara vuelve a girar sobre su cabeza y, cuando quiere darse cuenta, el señor Bluesky ya no narra su historia y se encuentra tirado en el suelo, mordiendo los labios de la fiadora.
No conocía el significado del la palabra elección, así que su “maniqueísmo” le impidió conocer algo de aquella mujer.
Eligió poder tomarse un café y ni siquiera llevó dinero para pagarlo porque como lsdfjoadsfij dsofisdfj BUUUUM!!!
Ahora nada sirve. Ahora todo vale. El perro se comió las brasas de la hoguera.
La cámara mira atenta la escena del polvo y culmina su exposición con un difuminado a negro que da paso a unos créditos que poco tienen que ver con los que pagó la chica por el café.
Ahora, todo se basa en la elección del señor Bluesky y en la locura del desenlace final. Ahora ya no valen los portátiles ultraplanos y los cafés de 3 euros. Ahora solo están los gemidos y las deudas pagadas más que de sobra.

lunes 2 de marzo de 2009

Abulia o Domingo


Desmontemos una historia. Hoy he vivido.
Vivir, de una manera o de otra, eso no importa. Lo importante es que he vivido.

Esta es una buena forma de sacarle jugo a una jornada insustancial.
El hombre sentado ante el espejo, rezuma aburrimiento por los cuatro costados.
Es difícil sentirse protagonista de una vida que se resume en despertarse, alimentarse, trabajar y ver la televisión.
Analiza su existencia desde una óptica pesimista, que es la que lleva utilizando desde hace varios años.
Tal vez, el hecho de que sea domingo, le ayude a alimentar su pesadumbre con reflexiones de ese estilo. Es normal, a todos nos gusta autoflagelarnos llegado el momento de la autoflagelación.
Ayer salí de fiesta y hoy no me puedo ni mover. Veo el mundo como un sofá junto a una mesa vacía en la que se encuentra la razón de mi existencia.
Ahora que sabemos cuales son sus síntomas, podemos adivinar que la razón de su sinrazón se debe al llamado síndrome postfiesta, muy común en los días de domingo.
Qué hacer, ¿salgo a la calle? ¿leo un libro? ¿molesto a algún amigo con planes que no me interesan?
Comienza a rayar la lista de posibilidades, sin encontrar ninguna que llene el vacío en el que se encuentra.
Si lo peor de todo es que hace un buen día.
Quiere salir a la calle pero no se ve con fuerzas para decantarse por esa opción.
Llegados a este punto, lo mejor (que en verdad es lo peor) es quedarse tumbado en el sofá y esperar a que mañana sea otro día.

El hombre que pasea al perro, fija su mirada en el tercer balcón del cuarto piso de la calle XXXXXXX. Mientras siente los tirones de la correa de su cánido, piensa en la perfecta localización de aquel balcón. Cercano a todos los sitios. Al centro, al parque, buenas vistas, muy completo vamos.
Se pregunta quien vivirá allí.
El perro para y orina junto a un árbol. El reguero que deja en el alcorque es largo y amarillo.
Hace una tarde soleada. Se está bien en la calle. Si no fuera por el chucho, no hubiera salido a pasear mi resaca, pero mereció la pena.

El hombre sentado ante el espejo, sale al balcón a fumar un cigarro. Observa por un momento como un perro que acaba de mear tira de su dueño. Analiza la situación y le parece que tener perro es una buena forma de matar el tiempo.
Exhala el humo del tabaco y aplasta el pitillo contra el cenicero.


Aquí acaba una historia mundana, corriente y… de lo insustancial que parece, me falta un adjetivo para redondear la frase.
Juzguen ustedes mismos el poder de las circunstancias y, si llegados a un punto, “yo soy yo y mi circunstancia” ¿porque ansiamos tener las de los demás? o lo que es más correcto, ¿porque los domingos son tan fatales?

domingo 8 de febrero de 2009

Autoayuda casera


Dicen que mi poesía no es para nada convencional.


Te amo y odio tu asqueroso pelo.
Recuérdame cuando acabes de follarte a ese calvo de mierda.
Recuerda que no soy yo el que acaricia tu cuerpo tras aquella penetración.
Te amo. No estoy seguro.


Aplausos. Las gradas del anfiteatro rezuman entusiasmo. Es por mí. Soy el farsante de la poesía poco convencional y, pese a ello, lleno localidades de gente que suplica una y otra vez que las palabras salgan de mi boca.


Déjame vivir: desconecta la máquina que me une al sufrimiento.
Apaga esta muerte en vida. Déjame vivir en otro lado.
Por cierto, ¿habrá un más allá?
Que os jodan

Más aplausos. El público en pie. ¿Realmente seré bueno? No, creo que son gilipollas.
Ejem. Aclaro mi garganta y prosigo con algo de improvisación.

¿Oh todopoderoso yo, que tanto bien he traído a mis bolsillos!
Hoy compongo versos con estrofas en descomposición
y aún así me pagas con la misma tarifa del todo desorbitada


Más aplausos. No paran. La gente está fuera de si.

¿Que he de hacer?

Cojo el atril que sostiene los poemas y lo parto en dos a base de golpes contra el suelo del escenario.
El público palidece pero no de susto. Realmente les gustan mis falacias.

Eructo y aún así me aplauden.

¡Sois una panda de gilipollas! ¡Me dejarías defecar en vuestros coches y aún así aplaudirías mis actos!

Siguen aplaudiendo. No paran. Creo que voy a vomitar (y si lo hago no será por darles el gusto)

Ya está. Me siento Dios. Cojo carrerilla y me dispongo a lanzarme sobre ellos como en un concierto.
Un paso
Otro paso
Salto… ¡Dios mío! ¡Estoy volando!

Aquí comienza todo. Mañana me dedicaré al arte. Cagaré en botes como aquel tipo, llenaré de brochazos un lienzo y partiré los esquemas de la música a base de ruídos ensordecedores.

-Hijo, ¿estas bien?-

-Si mamá, es que a veces se me va el santo al cielo.-

Apago la tele y enciendo mi cerebro. No es bueno ver realities, te hacen pensar que todo el mundo puede conseguir el éxito. Tampoco debería seguir leyendo libros de autoayuda. Creo que me sobra autoestima.

jueves 29 de enero de 2009

Un paseo por lo trascendental


Despreocupados y tiernos. Así son los niños de este barrio. Una panda de maleantes sin oficio ni beneficio que, pese a no ser productivos laboralmente hablando, tampoco engrosan las listas policiales.
Paseaba yo, una aciaga tarde de domingo por el parque próximo a la escuela primaria Benito Pérez Galdós, cuando mis oídos guiaron a mi vista hacia una peculiar escena.
Una clase llena de niños. Sin profesor. Un domingo. No hay alboroto. Todos están sentados en sus pupitres y parecen atender interesados a las explicaciones de un joven orador.
Un fuerte olor llegó a mi nariz. Eran mis propias entrañas que comenzaban a descomponerse de curiosidad. No tuve más remedio que acercarme hasta ellos y, escondido bajo la ventana de la clase, averiguar que se cocía allí dentro.
Varias preguntas surgieron en mi cabeza: ¿Qué hacen unos niños atendiendo a una explicación impartida por otro imberbe como ellos? ¿Por qué están un domingo dentro de la escuela? ¿Habrá algún profesor con ellos? Si en verdad están solos, ¿por qué soy el primero en darme cuenta de esta situación?
La respuesta me fue respondida al instante cuando vislumbre el póster de una modelo desnuda a tamaño natural. Clases de anatomía básica con póster explicativo.
Entonces, sonreí. Aparté la vista del cristal y dejé que los niños siguieran absortos en aquella clase magistral.

Mientras retomaba mi andadura hacía ningún lugar en concreto, comencé a recordar retazos de mi infancia y del descubrimiento de lo prohibido, ya sea a través de revistas, posters o conversaciones con amigos.
Qué tiempos aquellos en los que uno no era más que un ser despreocupado. Ahora, mi trabajo como fiscal no me permite muchos momentos de ocio y parezco haber perdido el toque de simpatía que caracterizó mi personalidad durante la juventud.
Aquella reflexión tambaleó por un momento mi conciencia como si de un disparo al aire se tratara. ¿He dicho un disparo?
No era mi conciencia. Eran disparos. Rápidamente me agache e intenté cobijarme tras un contenedor de basura.
¿De dónde procedían aquellos proyectiles?

-Nunca lo supe San Pedro. Y ahora solo espero que me deje pasar y tal vez eternizarme aquí en el cielo, junto a las grandes figuras de la historia.-

-No se si lo mereces hijo. Rellena este formulario y ve a que te lo sellen a la taquilla de supuestos nominados al Edén-

-¿Nominados? Y si no me dejan pasar, ¿iré al infierno?-

- Mmm, nosotros preferimos llamarlo “La Segunda Estancia”, hijo. Los eufemismos también han llegado hasta las tierras del Altísimo, como puedes observar.-

San Pedro apartó la vista de mi cara y la puso sobre un libro: “La sombra del viento”. Yo, cabizbajo me dirigí hasta la taquilla pensando en qué me depararía el resto de la eternidad.

Para un paseo que doy, acabo muerto.

-Hijo, hijo- San Pedro me hizo un gesto con la mano para que me acercara. El corazón me latía fuerte en el pecho, iba a entrar en el cielo por fin.


Entonces desperté en el Hospital y esto es todo lo que recuerdo. Mañana seguiremos con la explicación sobre el Tema 7: Los derechos reales. Las servidumbres de paso.

Salí de la clase y tomé aliento. Los alumnos miraban atónitos mi salida del aula.
Qué tiempos aquellos en los que era un ser despreocupado.
Al menos este escarceo con el más allá me ha hecho comprender una cosa: Los tópicos son ciertos, hasta los que hablan del cielo… Tal vez debería leerme “La sombra del viento”…