Me desperté, los pies pisaron el suelo y luego elevé el tronco hasta la vertical. Cuando miré la cama de nuevo, ya estaba hecha. Hecha, además, como nunca. Ni siquiera estaba la dichosa arruga que deja siempre la sábana de abajo y que atraviesa la diagonal.
Esa fue la pista que esclareció mi inocencia en aquel tan buen trabajo, tan tan bueno, que no podía ser obra de mis destartalados movimientos. Además, era imposible mi contribución en aquella obra de arte. O eso, o un alzehimer prematuro se había apoderado de mi cerebro.
Decidí dejarlo así. No pensaría más en aquello y punto.- ¡Ese trabajo que me ahorro, mira!
Resumiendo: Ropa y deportivas, café y magdalena con trozos de chocolate, llaves, cartera, móvil, está todo, cierro y no me fío así que vuelvo a mirar, salgo a la calle y hace Sol, como no me fío de que cerré bien vuelvo para asegurarme. De nuevo en la calle y llueve.
- ¿Cómo puede llover tan claro?, pensé. Una frase absurda para los que ven perfectamente, pero a la vez con tanto sentido para el colectivo de los gafotas. Toco mi cara buscando cristales y montura y descubro que solo hay ojos sin ningún otro suplemento, así que me acojono porque no tengo lentillas y veo perfectamente.
Ahora si que me late el corazón a mil por hora. Lo de antes no fue nada comparado con esto. En vez de alegrarme como haría el ciego de la Biblia o los del anuncio de Corporación Visioestética, mi corazón se acelera que te cagas. La cama, los ojos. No sé por qué pero tengo el periódico bajo el brazo y nunca lo compro. Hoy no ha sido una excepción. Lo he resumido pero ¡se entiende que acabo de salir de casa, joder!
“El Atleti a la final” dice el titular. ¡Encima un periódico deportivo! Eso si que no es fruto del menda y encima el Atleti a la final… Mira, esto es muy raro, yo no sé que hacer, además ha parado de llover. No hace ni un minuto que salí de casa y ya está el cielo despejado. A lo mejor hoy el mundo está de mi parte, no sé. – Esto es lo típico que te cuentan y no te crees, pienso en voz alta sin pararme a pensar que de típico no tiene nada.
Cuando giro la esquina me preguntan: - Perdona, ¿tienes hora? y, ¡allí estaba ella! No llevo el reloj puesto (raro) y me agarra la muñeca con su mano de uñas moradas recién pintadas. Hace eónes que no nos vemos y cuando me acerco para besarla, tira de mí girando de nuevo la esquina y convirtiendo la calle de siempre en un paseo marítimo de los que molan, no el de Benidorm.
-¿Por qué no me dijiste que venías? ¿Creí que no te vería hasta agosto?
- Shhhh.
Vuelve a tirar de mi mano y vamos corriendo, cosa harto difícil con chanclas… Ah, que ahora llevo chanclas, claro, si estoy pisando la arena de la playa, es normal, vestuario adecuado, pero, - Noooooo, ¡bañador de slip! El mundo no está tan de mi lado.
Ya en el mar, nos lanzamos agua con las manos a lo anuncio de champú y ahí es cuando vuelvo a mi cama, me despierto, los pies pisan el suelo, elevo el tronco hasta la vertical y dejo la cama sin hacer, salgo a la calle y me doy cuenta que hace ya casi un año que los Weeks grabaron “Kalpa” así que decido escucharla cuando salga a la calle y llueve y las gafas se empañan y no hay periódico y no me esperan al girar la esquina y me suena realmente bien.
martes, 4 de mayo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
Una realidad

Hoy he vuelto a la biblioteca. He cambiado mi lugar habitual para probar de nuevo el silencio, o el falso silencio de las personas.
A veces es más interesante este mundo que el de la barra y el asiento elevado a lo cómico de monólogos.
En la biblioteca, adopto una posición que me mimetice con el resto y, pese a mi edad, paso desapercibido (o eso quiero creer).
Cojo un libro al azar: Medieval and early renaissance medicine. No me interesa en absoluto pero, es lo que tiene ir mirando al resto mientras elijo mi “material de estudio”.
Me he sentado en una esquina junto a la ventana, lo que me concede el ángulo perfecto para poder espiar a mi alrededor.
Parece no ser época de exámenes ya que no veo esas caras de agobio que solía recordar de mis visitas anteriores. Da igual la biblioteca, no importa que sea esta o aquella, en este país o en el otro, siempre están las mismas expresiones en sus caras, los mismos gestos, el mismo ambiente cargado.
Focalizo mi objetivo. Está a dos mesas de mi. Aparto la mirada un instante y veo un revuelo de estúpidas universitarias que persiguen a una colega con carpeta verde. Otra historia de tantas, pienso. Otro mundo por descubrir.
Vuelvo a mi asunto que ahora está leyendo unos folios. Se tapa la boca con la mano mientras mordisquea sus uñas. Me recuerda a la frescura de la juventud, al sabor de la piel y al descubrimiento de un mundo teórico escrito a mano en unos caóticos apuntes; tan teórico, que no asimilas que pueda tener una realidad paralela y, tan caótico, que esperas ingenuamente que se ordene con el paso del tiempo.
De repente, un sabor a bilis borra todo recuerdo joven de mi paladar e inunda mi garganta. Pongo mis manos en la boca parapetando el aluvión que lucha por salir de ella y corro hacia la puerta, directo al baño más cercano.
Un flash me hace pensar un instante en la situación. Hace 6 días que no me ducho y mis canas se pierden entre mi pelo, amarillo pálido (que no rubio). Mi aspecto no es de un vagabundo de manual, sino más bien el de esos que al verlos, intuyes que algo les pasa. Es una pena que el pelo me delate tan rápidamente; está seco, peinado de tal forma que su propia grasa lo moldea de una manera que, pese a mi precaria descripción, lo detectarías de un simple vistazo.
No encuentro el baño pero la salida está cerca. Creo que mi cuerpo ha debido avergonzarse antes que mi mente, ya que quiere que devuelva a la universidad, todo aquello que tragué para nada. Todos aquellos apuntes, todas aquellas horas de examen, todos aquellos agobios sobre mi futuro para nada. Para nada valió todo ese esfuerzo, todos aquellos objetivos ahora truncados.
Ni siquiera la que se mordisqueaba las uñas mientras leía sus apuntes, consiguió retener mi atención. Yo que me creí capaz de todo, ahora solo puedo arrastrar mi mochila roída, de cajero en cajero, esperando poder descansar por unas horas, sin sentir la presencia de aquellos que violen lo que me queda de intimidad.
Ahora estoy en la puerta de la biblioteca, escupiendo la amargura que me queda en la boca y respirando entrecortadamente. Ahora que me recupero del asco, que olvido a la chica sin rostro que utilicé como lienzo de mis recuerdos, rompo a llorar. Se que he renacido, he muerto y he vuelto de una manera indeseada. Todo lo que soñé se esfumó hace tiempo y por eso, estoy llorando. Ya no sé si lo que viví antaño fue realidad o un buen sueño. Por eso, cuando levantes la vista de esta historia, olvídate de ella y sigue con tus asuntos. No reveles a nadie mi futuro por si en él se ven reflejados y sigue tu camino, el que quiera que tengas.
Disfruta de tu iPod y de la electricidad y utiliza el cajero solo para sacar pasta. Dúchate y despilfarra, enciende la calefacción y muévete en coche. No madrugues. Muérdete las uñas y ve al cine y bésala mientras tomáis un café y nunca nunca mires para abajo porque si miras, allí estaré para recordarte el futuro, uno de tantos.
martes, 16 de marzo de 2010
De la Cofradía del Puño Cerrado.

Todos los días encuentro dinero. Lo curioso de esto es que últimamente el valor de las monedas se acrecienta. A veces, aumenta tanto que mis pequeños descubrimientos se convierten en billetes.
Exceptuando mis grandes tesoros (el mayor fue cuando recogí veinte arrugados euros del asfalto), los demás son pequeños pero constantes, por lo que la conexión que imagino entre el euro y el menda, no es ni extraña ni misteriosa, sino más bien inexistente.
Sé que descubriendo el truco y dejándolo constar en este soporte virtual, corro el riesgo de crear competidores que se unan a mi particular “fiebre del níquel” pero, aún con eso, os revelaré el secreto de mi éxito: fijarse.
Fijarse, eso es todo. No existe ni magia ni magnetismo ni mucho menos un superpoder procedente de algún planeta desconocido, desgraciadamente. Si miras al suelo, descubrirás que el mundo se encuentra repleto de millones de céntimos. Ellos, carentes de valor individual, pueden tenerlo si al igual que la hormiga de la fábula, los recoges diariamente.
Digamos que el proceso es como el de la siembra, pero a la inversa. Imaginemos al típico agricultor que siembra a mano, puñados de insignificantes semillas y los esparce aleatoriamente por el campo (a lo canción de misa). Grabemos la imagen del tipo andando en línea recta mientras saca la mano del saco contenedor de las semillas para, acto seguido, esparcirlas por el abonado bancal. Bien, ya tenemos el video. Ahora rebobinen. Rebobinen a cámara lenta y la imagen que conseguirán, se asemejará a la que podréis experimentar si seguís mi consejo (con la sola excepción de que las monedas no saltarán a vuestra mano desde el suelo).
Cometí el error de dejar la frase coja. He de añadir algo más: la imagen que tendréis se asemejará a la que podréis experimentar si seguís mi consejo en Irlanda. Ahora si.
Tal vez en otros países de la CEE pase lo mismo (excluyo al resto porque será mas difícil encontrar céntimos de euro en Burundi, por ejemplo) pero yo solo he sido testigo de esta fructífero acontecimiento en Irlanda. Aquí todo es más caro y encima se permiten desterrar (o más bien enterrar) las pequeñas monedas. Derrochadores…
Un amigo me contó un chiste hace tiempo, que queda muy bien a colación del tema a tratar; dice así:
Un catalán se encuentra dos céntimos, se para y los mira con recelo. Su acompañante que presencia la expresión, se burla ante el inútil esfuerzo que pretende hacer el otro agachándose a por la monedita. En ese momento, el catalán saca de su bolsillo dos euros y los tira al suelo. Su compañero le replica lo absurdo de su comportamiento así que este le responde: Escolta tú, por dos céntimos no me agacho pero por dos euros y dos céntimos…
Con esto, declaro mi naturaleza hormiguera, catalana, rata o como queráis llamarla, pero también la asumo sin temor a remordimientos.
No seré yo aquel que deje pasar la oportunidad de acumular una fortuna con el paso de los años ni el que compre en Tesco (algo así como Carrefour) por tres euros, un paquete de cereales con valor de 2´99, no se si me entendéis. No seré yo el que enriquezca al ajeno a base de: “No no, quédate con la vuelta” o “ya ves tú, pa’ tres céntimos no me des nada”. No seré yo aquel que tire el bote de Nescafé, sino el que lo reutilice como hucha.
Pero reconozco que este arduo trabajo de chinos está terminando por cansarme y que, pese a que mi hacienda aumente diariamente, mi espalda termina por resentirse. Por eso, hago un llamamiento a todos los miembros de la Cofradía del Puño Cerrado (sobre todo si están en Irlanda), y los invito a que adopten esta tarea de recolección “centimil” dentro de su abanico de rácanas actividades para que, con su ayuda, alivien el peso del níquel en mis bolsillos y prevengan el futuro lumbago que me espera si sigo doblando el lomo en busca del céntimo abandonado.
martes, 23 de febrero de 2010
La Pequeña Taberna

He sido partícipe de una situación extraordinaria. Bueno, no solamente yo. Ella también lo fue y su presencia hizo más extraordinaria la situación. Nos convertimos en testigos y además fuimos personajes de aquel pintoresco momento.
Si fuese un conocedor del arte, bien podría asimilar esta historia con un cuadro de Toulouse Lautrec o algún otro de sus contemporáneos pero, como ni lo soy ni pienso documentarme ahora, me limitaré a narraros los hechos a mi manera, que esa, inherente, es la única herramienta que puedo utilizar.
La noche era fría en Burdeos y San Valentín comenzaba a alzar el vuelo ayudado de las alas de su brazo derecho, el andrógino Cupido (o lo que es lo mismo: eran las once y pico y en breve daría fin el día de los enamorados, vaya).
Las inclemencias del tiempo y las ganas de estirar un poco más la celebración, nos llevaron a buscar unas sillas donde acomodar nuestras congeladas nalgas y calentarlas a base de café “au lait”.
La música, al igual que al griego Ulises el canto de las sirenas, dirigió nuestros pies hasta un pub, el cuál no diré su nombre real, pero que llamaré: “La pequeña taberna”.
Como ya relevé, no soy ni artista ni aficionado al arte, así que no me queda otra que tomarme una licencia y dibujaros un boceto amateur del lugar de los hechos, que ese y no otro es el motivo de todo esto.
Reiterándome de nuevo, nos encontrábamos en una cafetería. Al frente observábamos una barra de bar larga, llena de botellas, cuadros y una máquina de café.
A la izquierda, una abertura en el muro blanco, daba paso a un pequeño pasillo que desembocaba en lo que suponíamos sería el restaurante.
A nuestra espalda, unos espejos enormes cubrían la pared hasta la mitad y en ellos, estaban escritos los precios de las consumiciones.
A nuestra derecha, un minúsculo escenario.
Todo el centro se encontraba abarrotado de sillas y mesas, y nosotros, ocupábamos una de las más cercanas a los espejos. Para dar fin al moviliario, lo decoraremos con rosa y verde claro, que era el color de sus paredes.
Ya tenemos el contenedor, ahora, llenemos de contenido.
En la barra, dos camareras. Frente a ellas, un joven francés con camiseta de marinero y cazadora de cuero marrón. Parece tan joven que dedujimos que la mayoría de edad le sentaba de estreno. A su alrededor, extras. Gente anónima, relleno necesario para hacer social el evento.
Giramos la mirada a la derecha y encontramos que, al fondo, junto a la entrada, el jefe, entrado en años, lucha contra el tiempo. Podemos deducirlo de su modo de vestir y su forma de mirar a una de las camareras. Habla con ella con cara de autoridad. Parece ligar ayudado de su madurez y la clase que cree, le da su estatus de propietario. Imaginaos un desarrollo a esta historia, que dejo colgada porque, como ya avisé, no es ese hoy mi motivo, sino el de describiros la escena.
Ahora un poco de música. Justo, al lado de la efervescente relación laboral, se encontraba el “Niño de Burdeos”, cantaor flamenco emigrante en Francia por razones que desconocemos, acompañado de los acordes de su inseparable amigo galo, “La fruit de mar” de Angoulême. Ambos, autores del sonido andaluz que nos envolvía e importadores del mismo, a las tierras francófonas.
A nuestra izquierda, los amantes del flamenco. Cuatro jóvenes con pintas de grupo indie francés, miraban absortos al escenario, mientras ayudaban con palmas muy bien coordinadas al desarrollo de la actuación. Eran habituales de “La pequeña taberna”. La visitaban semanalmente, a la espera de ser llamados por la diosa inspiración y poder conseguir su fama con el sonido independiente de la bulería-rock francesa.
Ahora, doy paso al boceto de la mesa final, la mesa frente a nosotros dos, la mesa que transformaba aquel momento en la escena que uno recuerda en su memoria y hace que un café se edulcore sin necesidad de azúcar. Algo tan empalagoso que escrito no comunicará todo lo que visualmente percibimos aquella noche.
Seis era el número que rellenaba la mesa, pero la mitad de ellos eras suplentes, por lo que los apartaremos de nuestra descripción. Ahora el resto:
El primero, un hombre mayor que bien podría pegar en una paisaje tipo playa de Benidorm o Mallorca en agosto, y con esto no hace falta que añada más a la descripción de sus rasgos. Bailaba a un ritmo inferior que el que dictaba la música, debido al zumo que dota al sur de Francia de su reconocimiento. Se acercaba a una joven muy delgada y muy coloradamente maquillada y era ella el motivo el segundo motivo de su agitación. La veinte añera tenía un cabello largo y liso que rozaba la frontera entre el rojo y el naranja, y su piel lechosa reforzaba más esa viveza de colores. Vestía una falda corta que le llegaba hasta más allá de la cintura y una camisa escotada. Reía y reía y no paraba de beber.
El tercer hombre era de lo más peculiar. Bajo una americana marrón, dejaba entrever una camisa y un chaleco de rombos, ambos rosas. Su media melena recordaba a un Frederic Beigbeder moreno y con barba, muy francés, y muy borracho.
No llegaría al medio siglo por falta de diez años y en su danza arrítmica gritaba al mundo que, pese a su edad, seguía careciendo de vergüenza.
La joven, el viejo y el bohemio, hacían las veces de bufones y enanos en las cortes reales y los demás disfrutábamos con sus bailes, abrazos, gritos de ¡ole!, ¡ole! y besos cercanos a los labios, requiebros de chaqueta al más puro estilo Manolete y taconeos arrítmicos y más vino en sus copas y frases en la oreja de la chica y la chica se ríe y ella que atiende a la escena interesadísima me da un codazo que significa: ¡Pero miralá! y yo, que la respondo con los ojos como platos afirmando con la cabeza la cabellera pelirroja giratoria y último sorbo al café y aplausos y saludo del maestro cantaor.
Para remate final, el bohemio enseñaba un roto en sus vaqueros que dejaba ver la nalga derecha. Una visión no apta para el día de San Valentín.
-Para mi que la pelirroja era puta seguro. Me dijo ella cuando abandonamos el local.
-Pues no se si la pagarán, pero esta noche les da una alegría a esos dos… te lo digo yo.
domingo, 24 de enero de 2010
Y...¡ACCIÓN!

Hasta aquí pudimos llegar aquella noche. Hablamos por teléfono y película después de la llamada. No es un plan demasiado excitante pero, a falta de historias propias, el celuloide hace las veces de vida real.
Descubrí el amor en Paris, más tarde, esquivé balazos en una trinchera. Nos dijimos adiós en el andén de una fría estación para, después acostarnos al pie de una hoguera en una cabaña perdida del bosque. Yo te dije te quiero, tu respondiste algo en un idioma de otro planeta. Al decirte que no entendí nada en absoluto, te ofendiste abofeteándome con un guante en la esquina de un palacete francés que hacia de decorado.
Acordamos no traer visitas a casa para que no vieran al extraterrestre que guardamos en el trastero pero, en la boda de nuestra hija, no tuvimos más remedio que dejárselo al Don para que recibiera las peticiones de la “familia”.
Encontraste un mapa del tesoro y en el momento de descubrir su verdadera posición, unos piratas te lo arrebataron de las manos para no descubrir el final de una manera tan rápida y de repente: BOOOOOM
Apago el video y la televisión. Salgo a la calle y existe un espectro lumínico más allá del technicolor. No vivo en Manhatan pero todo me resulta familiar. Enciendo un pitillo con un mechero Bic, ya que el Zippo me lo olvidé en un club social imaginario. Adelanto un poco el reloj hasta mi encuentro con los amigos de siempre, esos que existen en la vida real.
Vida real, también lo eres tú pasando por mi cabeza. Estomago encogido hasta parecer minúsculo. Taquicardia, músculos tensándose como en el anuncio de Gatorade. Sudor frío. Te acercas. Quiero un beso: BOOOOOOOOOM
-Joder. Entonces, ¿te gusto Malditos Bastardos? Seguro que eres de las que lamen el culo a Tarantino cada vez que caga una nueva película.
-No hables más de cine. Tu cruzada contra los tópicos empieza a molestarme un poco.
-Odio los tópicos, no puedo con ellos, son tan… no se, te esperas siempre lo que va a ocurrir.
-Ven aquí tonta.
Se besan. Tópico concluido.
-Jajaja. Menudo final. Un tonto que solo piensa en cine. Una miniconversación de lo más vacua y para acabar: “Se besan. Tópico concluido”. Que bueno.
martes, 24 de noviembre de 2009
Semanario Galway 6: El Día de Acción de Gracias

(¡Qué imagen!Me encanta el doble sentido)
Mañana es el Día de Acción de Gracias aunque nosotros decidimos celebrarlo el domingo pasado (a todos nos venia mejor).
Fue curioso formar parte de una fiesta tan ajena, pero a la vez tan familiar. Todos reunidos en el salón del apartamento de al lado, degustando la tradicional gastronomía americana del evento, riendo, charlando y descubriendo el por qué de aquella festividad.
Pavo, maíz, judías verdes, batata frita, pastel semidulce, bollería “ocasión especial”, tarta de chocolate y vino español, más concretamente de León (que, aunque no es muy común, siempre queda bien un vino) fueron los alimentos que “agradecieron” nuestros estómagos, sobre todo el mío, después de haberle castigado durante cuatro días a base de bocadillos y “fast food”.
Acción de gracias me pilló por sorpresa. Acababa de poner los pies en el encharcado suelo de Galway después de una visita a la capital holandesa y, el olor a pavo asado hizo nacer en mí un espíritu norteamericano que nunca tuve.
Me puse mis mejores galas para mimetizarme lo más posible en el entorno y así, descubrir desde dentro ese espíritu de unidad que hace que todos aquellos que vienen de intercambio a irlanda pero no necesitan aprender el idioma, se junten, acompañados de sus pupilos malangloparlantes, para disfrutar de aquella fiesta que todos conocemos gracias a la tele, pero que muchos ni siquiera saben a que santo se le dedica.
Pues bien, he de deciros que pese a que las gracias, originariamente se envíen por wifi al Señor de los señores (cosa complicada en Corrib Village, ya que aquí, internet es más independiente que los propios irlandeses y funciona cuando quiere), la raíz del asunto, posee unas pinceladas cuanto menos curiosas.
No seré yo el que corte y pegue de wikipedía, o por lo menos no en mi amado blog, así que resumiré en pocas palabras lo que la enciclopedia global y gratuita recoge sobre este asunto:
Hace mucho tiempo atrás (muchísimo si eres americano y cuatro días si eres europeo) unos protestantes ingleses desembarcaron en la costa de lo que ahora gobierna Obama. Su idea era establecer una colonia allí pero, al llegar el invierno y no tener calefacción, botas de gore-tex ni cazadoras The North Face, muchos de los que llegaron, acabaron algo más congelados que su tataranieto Walt Disney.
Los supervivientes a aquel frigorifico sin “non frost” llamado Massachussets, debieron su no transformación en “frigopies” a los indios de la zona, así que, agradecidos por la ayuda prestada por el colectivo indígena, decidieron compartir (como buenos futuros americanos) su comida con los susodichos salvadores.
Hasta aquí vamos bien. ¡Qué menos que invitar a un bocata al tipo que te acaba de dar una manta para que no mueras de frío!
De acuerdo, no me dejaré llevar por la ironía una vez más (que no es mi estilo) y acabaré por resumir el final de la historia. Luego, ya ironicen ustedes:
Pasó el tiempo y lo que era hermandad y compañía, acabo por convertirse en mal rollo.
Los wampanoag (claramente, son los indios, no los protestantes), comenzaron a sentirse incómodos con la masiva llegada de ingleses (imaginaos el lío de andar arropándolos todos los inviernos para que no se constipen y acaben doblando la servilleta), así que, entre riña y riña, acabaron llegando a las manos y, lo que comenzaron con la fraternidad y el compartir comida años atrás, terminaron por exterminar a casi la total población de indígenas.
FIN
Total, que allí estábamos todos, irlandeses, mexicanos, americanos y yo, llenando nuestros buches en la isla vecina de la que partieron hace tanto tiempo aquellos colonizadores y descubriendo (por lo menos en mi caso) el origen de algo que, debido a mi ignorancia, desconocía.
Fue divertido, lo pasamos bien pero, aunque la historia no me pareció tan graciosa como su propio nombre indica, yo me estaba riendo. Supongo que sería por que acababa de llegar de Ámsterdam…
lunes, 9 de noviembre de 2009
La ciudad marrón ya no lo es tanto

(Para saber la primera parte de esta historia, remítanse al post: “La ciudad marrón”, que se encuentra en la pestaña: 2008)
Lo recordaba como si fuera ayer.
La chica se acercó a su mesa y tomaron café. Hablaron y hablaron y terminaron por adjetivar como marrón a la ciudad que los junto en el mismo sitio.
A él le pareció curioso cómo un color puede expresar tanto.
Quedaron más veces, sus charlas se convirtieron en un semanario continuo, sin interrupción. Dialogaron sobre tiempo, futuro, pasado, colores, verbos. Descubrieron que se puede tener fobia a los pájaros, que tú color favorito cambia según las circunstancias, que la leche, si viene en botecitos se convierte en algo exótico, que Mérida puede no ser la capital de Extremadura si te lo propones.
Descubrieron el sabor de los helados, el chocolate, el gel antibacteriano, las películas en versión original, la música en común, los juegos de dibujar, el café solo y el café sin azúcar.
Descubrieron la pequeña barrera entre las mesas de la cafetería, y eso fue lo que los hizo comenzar con la charla.
A veces, recordaba %, las mejores conversaciones suceden en los cafés pero, lo cierto es que después de la última que tuvo con &, no había encontrado más que té con leche y bajas dosis de interés.
El último día, mejor dicho, el último café en buena compañía ocurrió hace mucho tiempo atrás (en realidad no tanto como él cree, pero al fin y al cabo, el tiempo que le importa es el que pasa por su cabeza, no el que estipula el calendario). Fuera, el Sol arrebataba el adjetivo de marrón a la ciudad, para convertirla en algo resplandeciente.
% liaba un cigarrillo mientras & dejaba su bolso encima de la mesa. Su mirada era muy alegre, en este caso, podríamos adjetivarla como verde.
-Cuando sale el Sol se te aclaran los ojos, ¿lo sabías?
-Por favor, que cursi eres %. Respondió & burlona.
-No soy cursi, es una cuestión de claridad.
Acabaron sus bebidas y se dijeron adiós (hablaron de más cosas, pero qué os importa). Ambos sabían que pasaría tiempo hasta que una ciudad, fuese la que fuese, volviera a juntarlos de nuevo.
& tuvo que marchar en busca del origen de las especies y %, algo cansado de su estática vida, decidió probar suerte con el negocio del aire embotellada, ésta vez en otro lugar.
Ahora, después de tanto tiempo, de tantos cafés para llevar, infusiones calientes y alguna que otra cerveza, % descubre por un momento la barrera del tiempo y se queda parado frente a un paso de cebra, sin mirar, simplemente analizando toda esta serie de eventos pasados.
-Hace casi un año de la primera vez que nos sentamos juntos, de aquel primer encuentro con &.
Si buscan en este texto, un final decente, propio de una historia que aunque no tenga mucho gancho inicial, puede que se solucione con un gran desenlace, solo tienen que cambiar % y & por su nombre y el de otra persona a elegir (¿están seguros de que viven en una gran historia?).
Si por el contrario, carecen de imaginación o de ganas para cambiar el rumbo del relato, les diré que es una opción poco arriesgada y muy propia de la mayoría, no por ello menos correcta.
En el mismo momento que % decidió pararse a contemplar su interior (también, ¡vaya sitio para hacerlo!), un coche pasó rozando la acera, lo que provocó que una ola de agua y mierda de la calle, salpicara al pobre “empanado sentimental” hasta calarle su propia melancolía.
Entonces, el protagonista, en vez de cagarse en todos los muertos del conductor, decidió abstraerse aún más, hasta el punto de pensar en que era él el que conducía y que, en un día lluvioso, tan realmente marrón como aquel, se dirigía camino de la cafetería de siempre a disfrutar de un nuevo encuentro con &.
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